Según cuenta la mitología griega, existía en la isla de Kynaros una bella joven llamada Cynara, de piel morena curtida por el Sol y rostro de una hermosura sin par en todo el Egeo. Sucedió que un día Zeus, observando desde su trono celeste a los mortales, se topó en su ojeada con la bella Cynara, de la que pronto quedó enamorado.

Usando todas sus dotes de seducción y sus divinos poderes, pronto Cynara cayó bajo sus encantos. Tan complacido quedó el padre de los dioses con las artes amorosas de su nueva amante, que pronto la ascendió a diosa y se la llevó al Monte Olimpo.

Sin embargo, las atenciones de Zeus resultaron insuficientes para la tempestuosa Cynara, mujer orgullosa que no soportaba ser una simple amante del dios olímpico, pues éste estaba casado con Hera. Así pues, cansada de su papel secundario en la corte celestial, Cynara regresó a su hogar en la isla de Kynaros sin el permiso de Zeus.

El padre de los dioses, enfurecido por la desobediencia de su amante y celoso de que ésta se hubiese expuesto a los indignos ojos de los mortales, le lanzó una maldición e hizo que le crecieran escamas duras como el cuero curtido alrededor del cuerpo, quedando en su interior tan sólo el tierno corazón de Cynara.

Condenada a ser una hortaliza por el resto de la eternidad, la bella joven aún plantó resistencia al vengativo Zeus, y enamorada de su tierra como era, echó raíces en ella y decidió seguir dorándose al Sol, ofreciendo a los mortales el tierno corazón que Zeus había desdeñado, dando así origen a la alcachofa que hoy conocemos.